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Editorial

Año nuevo, vida nueva...                    ¿O tal vez no?.

 

Es antiguo el refrán con que, año tras año, hemos saludado la llegada de uno nuevo. Solemos poner hitos a los cambios en nuestros hábitos y al comienzo de nuevos proyectos.

 

En este caso, y como no podía ser de otra forma, la mayoría de los españoles afrontamos la llegada de 2020 con una mezcla de desilusión y temor, no exenta de la desesperación que acompaña a la percepción de que esto ya no tiene arreglo; lo que a su vez produce el efecto de una actitud pasiva ante los acontecimientos que previsiblemente han de llegar. Algo así como la resignación con el destino.

 

Es presumible, y si Dios no lo remedia, sucederá que las fuerzas de la izquierda, cual acontecimiento interplanetario, se van a conjugar de inmediato, para acabar con cualquier resto de oposición que pueda existir a que España se atomice y se sovietice. Y a juzgar por las apariencias, solamente nos queda una leve esperanza a la que aferrarnos: Que unos cuantos diputados socialistas escuchen su conciencia, y se abstengan de votar en la presumible segunda intentona del maligno por terminar la obra de Zparo.

 

En el encabezamiento aludimos al dicho “año nuevo, vida nueva”, pero ¿cual es esa vida nueva que parece aguardarnos inexorablemente?. Pues como punto de partida, la legalización de la eutanasia (http://www.congreso.es/public_oficiales/L13/CONG/BOCG/B/BOCG-13-B-64-1.PDF); con la que, al más puro estilo sovietizante, se pretende acabar con la vida de muchos necesitados de ayuda y cariño, con el aditamento de que tales muertes se calificarán de muerte natural.

 

La segregación de España, en la que antaño no se ponía nunca el sol, es otra de las perlas con las que tejer el collar que sirva para ahorcarnos como colectivo nacional. Y después que unos cuantos desalmados terminen apropiándose ilícitamente de más de 3 millones de Hectáreas de terreno catalán e infraestructuras, sin compensarnos con un solo euro, vendrán otros bocados a la piel de toro, por parte de otros amigos de lo ajeno.

 

Y esto, simultáneamente o después de haber esquilmado nuestros patrimonios con toda clase de impuestos, lo que anulará o, en el mejor de los casos, reducirá considerablemente nuestra capacidad de respuesta y oposición.

 

Por ello, en este mundo locos, al que parecen habernos trasladado, nos preguntamos si la respuesta inmediata, si es que aún estamos a tiempo, no estará en que, puestos a segregar no esperemos, a cuando ya no haya remedio, y nos pongamos manos a la obra de segregar la provincia de Madrid del resto de España. Esta reflexión no es coloquial; hay momentos en que la única solución a una situación caótica, es la iniciación de un proceso de catarsis. En otras palabras, puesto que el globo ha de reventar indubitadamente, hagamos algo semejante a lo que ya hicieron los madrileños hace 212 años, cuando se levantaron contra los invasores.

 

Piénsenlo; hay mucho de qué hablar alrededor de esta sugerencia autodeterminante; pero hablando, únicamente, no haremos otra cosa que dar más alas a los que sostienen que la política solo consiste el negociar.

 

José Ignacio Sánchez Rubio

Presidente de Derecha Liberal Española

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